Cuaderno · 9 de julio de 2026
Bodegas de Rioja y creadores de viaje: el encaje que se rompe en el almuerzo
Tirgo no es un plató, pero cada verano llegan equipos de cuatro o cinco personas con maletas de luces a grabar «experiencias» en bodegas de la DOC. El briefing suele pedir atardecer, barrica y una copa girada a contraluz. El conflicto aparece en el almuerzo, cuando el creador pide un plato sin vino o, al revés, cuando improvisa catas que el enólogo no puede sostener.
Hemos hablado con tres responsables de comunicación de bodegas medianas. Coinciden en que el problema no es el reach: es la precisión. Un error sobre crianza o sobre el pueblo se corrige mal en un sticker de 24 horas. Prefieren menos piezas y un día de rodaje con alguien que haya leído la ficha técnica.
El mercado de creadores de viaje está saturado de planos de maleta en el AVE. Lo que escasea es quien se queda a la visita de viñedo sin convertirla en un gag. Para las bodegas, eso vale más que un baile con la botella. Para los managers, es un encargo peor pagado que un hotel de costa. Ahí está el desajuste que esta redacción sigue: tarifas de «destino rural» que no cubren dos noches, y marcas que aún cotizan el vídeo como si fuera un story de ciudad.
Si encarga un informe con nosotros sobre una campaña vitivinícola, pedimos el brief original, el itinerario y las piezas publicadas. El resto es cronología y tono: si el vino aparece como atrezzo o como oficio.